¿Por qué el gremio creativo de México sigue dividido?
Olvidamos al usuario entre eventos encimados, plagios, caos vial y diseños vacíos.
Unir al gremio del diseño, la arquitectura, el interiorismo y disciplinas afines ha sido, históricamente, una tarea titánica. Desde mi trinchera como promotor y difusor, he visto nacer un sinfín de eventos que buscan convocar a toda la escena creativa. Sin embargo, la constante siempre es la misma: una profunda división de niveles, públicos y consumidores. Hablamos hasta el cansancio de “hacer equipo” y “crear sinergias”, pero en la práctica, cada quien jala para su propio molino.
En nuestra cultura popular se dice que el mexicano siempre jala hacia abajo al que intenta subir y, tristemente, nuestro sector parece empeñado en confirmarlo. Cuando comenzamos a abrir espacios, todos voltearon a vernos; abrimos las puertas y nunca le negamos la plataforma a nadie. Pero el tiempo reveló lealtades frágiles: muchos se sirvieron de ese impulso para luego replicar formatos, plagiar ideas o crear derivados carentes de profesionalismo. Y sí, si estás leyendo esto y fuiste uno de ellos, el mensaje lleva tu nombre. No se trata de tirar piedras, sino de ponernos un espejo enfrente y preguntarnos por qué nos hemos resignado a ser una comunidad diluida y desleal.
Esta fragmentación interna se traduce en un caos logístico que castiga a la ciudad y, sobre todo, al asistente. La organización suele dictarse por el bolsillo y la necesidad de llenar un aforo o rentabilizar un recinto, sin detenerse a pensar en la odisea que vive el público. Se satura el calendario tratando de capitalizar el “mes del diseño” o “del arquitecto”, programando eventos masivos justo en la época de más lluvias. Además, en el afán de protagonismo, se invita a figuras políticas sin prever que su presencia atrae aglomeraciones y cierres viales, convirtiendo el traslado en una auténtica pesadilla urbana.
Como usuarios o visitantes, nos vemos en la dolorosa necesidad de sacrificar actividades valiosas simplemente porque las agendas se empalman. Desplazarse de un punto a otro es una utopía; entre las distancias, el tráfico por la lluvia y las calles bloqueadas, resulta imposible asistir a múltiples convocatorias en un mismo día. Existen, por supuesto, eventos planeados a lo largo de varios días para mitigar este impacto, pero aquí nos topamos con otra realidad: no todos los creadores tienen la capacidad financiera para sostener una exposición prolongada. Muchos apenas pueden costear una jornada debido a los altos cobros de renta, producción, catering y difusión.
Al final, el gran olvidado es el usuario. Pasamos por alto que el público tampoco dispone de un presupuesto ilimitado para cubrir todo lo que cuesta formar parte de este circuito. Entendemos que esto es una industria y un negocio, pero, desafortunadamente, bajo este modelo no se democratiza nada; solo se atiende a un estrato social muy específico.
Esta miopía nos aísla de lo fundamental: compartir, generar espacios de diálogo honesto y ofrecer soluciones, diseños y objetos que tengan una utilidad genuina. En lugar de cuidar el rigor y la dignidad de nuestra profesión, nos perdemos en la banalidad y en la búsqueda de la viralidad efímera. El mejor ejemplo son aquellos que, queriendo reinterpretar el trabajo de profesionales ejemplares, terminan construyendo meras “piñatas”: objetos huecos e instalaciones efímeras que lucen bien en una foto, pero que no aportan ni sirven para absolutamente nada.
Resulta paradójico. Si como mexicanos hemos demostrado una capacidad inquebrantable para unirnos en momentos de crisis o de gran celebración, ¿por qué somos incapaces de cerrar filas en torno a nuestra creatividad? A lo largo de la historia, hemos dado al mundo figuras y obras de relevancia global; el talento y la herencia están ahí.
La invitación hoy es a replantear el tablero. Necesitamos sentarnos a idear una especie de consejo unificado —una “Comunidad Creativa de la Nación”, por llamarla de algún modo— donde todos podamos desarrollar nuestras propias iniciativas, pero remando en el mismo barco. Si logramos articular un ecosistema donde las actividades se complementen, se respeten y prioricen al usuario, podremos finalmente elevar nuestro quehacer a los grandes estándares internacionales y estar a la altura de los eventos de primer nivel que nuestra cultura exige y merece.
Opinión de:
Fabián Del Valle


