¿Por qué los proyectos públicos se quedan en el olvido?

¿De quién es la culpa?
¿Del político o de quien diseña?

En las últimas semanas realizamos recorridos arquitectónicos por la Ciudad de México, visitando algunas sedes de los PILARES. Estos espacios funcionan como centros comunitarios y escuelas para adultos mayores, personas que no pudieron concluir su educación formal y aquellos interesados en aprender arte o algún oficio. Esta iniciativa fue impulsada por la actual Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien la ideó durante su gestión como delegada en Tlalpan. Con el tiempo, y tras su llegada a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, el proyecto creció significativamente hasta alcanzar la importante cifra de 300 sedes en la capital. Sin duda, representan una gran oportunidad de aprendizaje y crecimiento para la población.

Desafortunadamente, como ya sabemos, en la política los cambios de administración suelen ser sinónimo de ruptura. El ego o la falta de capacidad administrativa de los gobiernos provocan que proyectos bien pensados decaigan. Pareciera que cada político siente la necesidad imperiosa de dejar su huella, de ponerse una corona y demostrar que hizo más que su predecesor. Al darse el cambio de prioridades con autoridades como Clara Brugada, el foco de atención se ha desplazado hacia las hoy llamadas “Utopías”. Si bien este es un proyecto ambicioso que apenas se está construyendo y del cual aún no podemos juzgar su futuro, esta transición hacia nuevas obras ha evidenciado un patrón donde los PILARES comienzan a quedar relegados a un segundo plano operativo.

A nuestros políticos parece olvidárseles que todo proyecto debe partir de un análisis, un sustento y un plan de desarrollo a largo plazo. Una parte fundamental de la obra pública no es solo la inauguración, sino preservar lo creado y garantizar el presupuesto para que siga cumpliendo su cometido. Olvidan que estas obras se financian con dinero público, con nuestros impuestos, y no con capital privado; por ende, exigen un uso correcto y transparente. Al recorrer estos PILARES, fue evidente la falta de mantenimiento y las labores titánicas que tienen que hacer los encargados de estos espacios para mantenerlos a flote. Las quejas de los coordinadores son constantes: falta de mantenimiento, recortes de presupuesto y escasez de mobiliario.

Sin embargo, cabe señalar que la culpa no es exclusivamente del político. También recae en quienes diseñan y construyen estas obras. Si como profesionales ya sabemos que estas prácticas de abandono político ocurren en cada cambio de gobierno, ¿por qué nos empeñamos en realizar proyectos que visualmente son maravillosos, pero que para quien los habita y administra resultan una problemática? Ejemplos de esto sobran: el uso de materiales que requieren un alto mantenimiento, la falta de estudio en el programa arquitectónico o la carencia de elementos básicos para su funcionamiento.

Por otro lado, debemos señalar que posiblemente el arquitecto sí haya prevenido las situaciones de mantenimiento, o advertido la necesidad de otros espacios y la carencia de un programa arquitectónico de origen. Aquí también existe un vicio oculto que a menudo no podemos visualizar: ya sea por corrupción, porque simplemente no se llegaba al presupuesto y se tuvieron que eliminar partidas, o porque, al trabajar con ciertas constructoras ya establecidas, se les facilitó el camino omitiendo procesos o elementos que no se notarían a simple vista en el resultado final.

Es indispensable que exista una dualidad y conexión real. Cuando los gobiernos proponen una obra, debe haber una coordinación correcta con los creadores. Se deben entablar mesas de diálogo con los colegios de arquitectos y profesionales para analizar cada detalle. Si existe la alta probabilidad de que en pocos años el próximo gobierno deje la obra en el olvido y sin presupuesto, entonces los diseñadores deben cuidar que esos proyectos puedan sostenerse con un mantenimiento mínimo o casi nulo.

Vinculado a esto, el quehacer de los colegios de arquitectos parece ser un fantasma. No se percibe una acción real en beneficio del gremio; en muchas ocasiones, estas instituciones dan la impresión de funcionar únicamente como trampolines políticos para que sus presidentes lleguen a mejor puerto, o se limitan a organizar fiestas y pequeños congresos destinados a solventar los gastos de quienes las administran. Paradójicamente, existen otras organizaciones o iniciativas independientes que, sin ostentar el título oficial, aportan mucho más al desarrollo de la profesión y generan mejores condiciones para nosotros los arquitectos.

Nos hace falta ética profesional y una práctica que lleve a nuestro país a mejores instancias, para dejar de justificarnos diciendo que la culpa es siempre de la administración pasada. Debemos ser más conscientes de nuestro quehacer, pues se hace uso de los impuestos de todos. Si los contratos exigen a los despachos tener solvencia económica para soportar pagos a destiempo, esas mismas empresas deben aplicar buenas prácticas. No están ahí solo para sacar proyectos millonarios; piénsenlo un poco y no jueguen con el usuario. Nuestra labor es facilitar la vida de las personas y brindarles espacios funcionales donde se sientan felices y en paz.

Opinión de:
Fabián Del Valle

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