Por qué la crítica:
El daño a la profesión detrás del monopolio del discurso
Entendemos que la crítica puede incomodar, doler o generar intriga, pero de ninguna manera hay lugar para retractarse de lo expuesto anteriormente. Al contrario, es fundamental poner sobre la mesa las razones por las cuales debemos señalar y exhibir estas prácticas. Desafortunadamente, este espacio se ha convertido en el negocio lucrativo de unos cuantos, quienes se cuelgan con facilidad la medalla de ser, aparentemente, los únicos y los mejores en todo. Esos títulos les quedan inmensamente grandes, y los resultados expuestos tanto en la ciudad como en la red demuestran que están muy lejos de representar lo que realmente los arquitectos y diseñadores son capaces de crear.
Más allá de la deficiencia técnica, hay un problema de fondo que agrava la situación: la desconexión total con la realidad de nuestra sociedad. Hoy vemos festivales y eventos que presentan propuestas de diseño completamente descontextualizadas e inalcanzables para el ciudadano común. Entendemos que para “hacer ciudad” y acercar la disciplina a la gente, es necesario crear plataformas donde el público pueda visualizar, experimentar y dialogar a través de exposiciones inmersivas, conferencias y performances. Sin embargo, a menudo olvidan que en nuestro contexto social en México, una gran parte de la población percibe ingresos mensuales por debajo de los diez mil pesos. ¿De qué sirve mostrar un escaparate de diseño si lo expuesto es un lujo que la inmensa mayoría no puede consumir?
Esta miopía no es casualidad; nace cuando quienes organizan y lideran la conversación operan desde una burbuja geográfica y social. Su percepción del urbanismo suele limitarse a zonas como Lomas de Chapultepec, Polanco, la Roma o la Condesa. Para ellos, la ciudad parece terminar donde empieza la periferia. Es muy difícil hablar de hacer ciudad cuando no se ha experimentado el reto diario de cruzar la urbe en el Metro, o lo que implica subirse a una “pecera” en colonias como La Araña, o recorrer las complejas dinámicas de la periferia. No se puede entender el espacio público real si solo se conoce la ciudad desde el privilegio.
Sabemos que abarcar y comprender la totalidad del contexto social mexicano es complejo, pero si el discurso oficial de estos eventos es “democratizar el diseño”, entonces la atención debe centrarse en la gente de a pie, en aquellos que con mucho esfuerzo y trabajo diario intentan mejorar su entorno. A lo largo de la historia, la premisa de “divide y vencerás” ha demostrado ser letal, y en nuestro ámbito cultural pareciera que se aplica a la perfección: se crea un diseño y una arquitectura exclusivos para quienes pueden pagarlos, alejándolos del resto de la sociedad. Es urgente replantear nuestros métodos para hacer que la disciplina llegue a todos como una herramienta para dignificar la vida, no como un artículo de vitrina.
Esta misma desconexión nos lleva a cuestionar las decisiones sobre el espacio público a nivel institucional. No entendemos por qué se dejó de exhibir la creatividad de los arquitectos en eventos masivos y plurales como la Feria de las Culturas Amigas. Sabemos que los decretos gubernamentales sobre austeridad justificaron el fin de estos pabellones argumentando que eran de “alto costo” y que el presupuesto debía aprovecharse mejor. Sin embargo, resulta incongruente que, bajo esa misma bandera social, se construyan proyectos que carecen de un análisis profundo y de sentido comunitario. Existen múltiples casos de infraestructura gubernamental, como algunos centros PILARES, que al no tener un sustento programático real para su comunidad, terminan operando como simples cibercafés o salones de zumba.
Aunque ese es otro debate, ilustra perfectamente nuestro punto central: cuando el diseño, ya sea desde la élite de los festivales o desde la administración pública, se hace sin rigor y sin mirar verdaderamente a la sociedad, se desperdicia la oportunidad de transformar la ciudad. Si van a mantener el monopolio de la narrativa, asuman la responsabilidad que conlleva. De lo contrario, acepten la crítica y permitan que la arquitectura se abra realmente para todos, mostrando siempre lo mejor de lo mejor.
Opinión:
Fabián Del Valle


