Relox:
El lugar de nuestras entregas
Muchos de los que somos arquitectos, artistas o diseñadores en la Ciudad de México no me dejarán mentir: en algún momento, pisar el Lumen de Relox fue una necesidad básica. Hoy, ese espacio que fue nuestra balsa de salvamento está cambiando, y con él, una forma de vivir la arquitectura y la Ciudad de México que muchos recordamos con nostalgia.
Recordamos su evolución casi como nuestra propia formación. Primero, una papelería de un solo piso. Luego, en su apogeo, con esos pasillos infinitos y el centro de impresión que operaba las 24 horas. Ese servicio nocturno no era solo un negocio; era el sitio donde la adrenalina de la entrega se compartía, el lugar donde el cansancio se convertía en planos y maquetas.
Vimos nacer el edificio diseñado por César Pérez Becerril y José Parrilla, una pieza high-tech que sustituyó al viejo inmueble y que, con su gran aparador transparente, nos dejaba ver todas las herramientas de nuestra profesión. Si necesitabas un material específico, la frase era ley: “Vamos a Relox, ahí seguro lo encuentras”.
Sin embargo, tras más de 30 años de ser parte de nuestra rutina, el sitio hoy es más pequeño. Los tiempos del delivery y la competencia han cambiado nuestras prioridades. El edificio ha tenido que fragmentarse para sobrevivir: rentando espacios a tiendas deportivas o subarrendando sus niveles superiores. Es el resultado de un mundo donde el espacio físico ya no es el único protagonista de nuestras compras.
Relox guarda entre sus muros mucho más que productos. Ahí se olvidaron archivos de entrega en un momento de crisis, se conocieron parejas entre estantes de plumones y se adquirieron los primeros restiradores que definieron el inicio de muchas carreras. Más allá del edificio, lo que queda es la memoria de lo que vivimos ahí.
Opinión de:
Fabián Del Valle



