Mextrópoli:
Una oportunidad desperdiciada
Es lamentable observar qué sucede cuando se tiene el control y el poder de la narrativa, pero se demuestra que los intereses distan mucho de dignificar la arquitectura y su valor social. Durante sus inicios, esta plataforma —nacida de una revista— se preciaba de ser una de las mejores, ofreciendo un contenido de calidad, altamente curado, que marcaba la pauta del discurso arquitectónico y generaba una genuina aspiración por la excelencia. Sin embargo, lo presenciado en la pasada edición de Mextrópoli deja en evidencia que el rigor y el compromiso con la profesión han quedado profundamente subordinados al negocio.
Al recorrer los resultados de esta exposición de trabajos efímeros, duele ver cómo se proyecta una imagen que raya en lo peor del gremio. Se percibe una preocupante falta de compromiso e interés por hacer que el usuario realmente disfrute y viva el espacio. Si bien es de conocimiento público que parte del trabajo expuesto es desarrollado por grupos de estudiantes de diversas universidades —como se observa en las participaciones de la UDEM, el Tec de Monterrey y la UNAM—, la condición de estudiante no debe ser sinónimo de falta de profesionalismo.
Mientras que algunos pabellones simplemente carecen de calidad espacial y fallan en su intento de apropiarse del espacio público de manera significativa, otros exhiben deficiencias técnicas alarmantes. La evidencia más dolorosa de esta falta de rigor se materializa en estructuras desarmadas en plena plaza, rodeadas de cintas de precaución. Qué falta de profesionalismo por parte de los organizadores al permitir que se expongan de forma tan burda las carencias del gremio. Ni siquiera la universidad de la cual son socios logró destacar en lo alto.
Pero el problema no se limitó a las participaciones universitarias; cabe señalar que el aclamado Concurso Arquine también dejó mucho que desear en esta última edición. Tras decenas de convocatorias destinadas a ejecutar y construir un pabellón que supuestamente detona lo mejor de la disciplina, la propuesta ganadora de este concurso internacional se resume en una serie de telas blancas colgadas para crear un muro a lo largo del parque de la Alameda.
Si bien estas telas separan los andadores y logran crear una división espacial y visual, el resultado es puramente escenográfico. Su ejecución no ofrece ninguna dificultad constructiva: simples andamios ensamblados a lo largo y alto para sostener y dejar caer grandes lienzos a modo de telones. Al ser blancas, funcionan como una simple cortina que abre encuadres hacia las distintas visuales del entorno. Fuera de ese gesto espacial, no existe nada prometedor ni sobresaliente que justifique a este pabellón como un referente internacional de la arquitectura contemporánea.








Entendemos que el diseño y construcción de espacios efímeros requiere de criterios complejos, pero es responsabilidad absoluta del organizador exigir y garantizar que toda intervención cumpla a cabalidad con lo que prometen mostrar. Todo esto demuestra varias realidades incómodas: que su criterio curatorial está en decadencia y que parece importarles más llenarse los bolsillos de dinero. Estar ahí no es gratis; se cobra por participar, y además se reciben recursos gubernamentales, lucrando no solo con las instituciones, sino con el préstamo del espacio público mismo.
Nosotros no somos ningunos novatos en esta línea de curar, diseñar o construir pabellones, y sin duda vemos un rotundo desperdicio en esta edición. Estas prácticas son de lo que más duele en nuestra profesión, pues convierten lo que debería ser el encuentro más relevante de la arquitectura en un espectáculo deficiente que menosprecia a los estudiantes, al gremio y, sobre todo, a la ciudad.
Opinión:
Fabián Del Valle


