¿Chapulineas o evolucionas?

De la superficialidad mediática a la crisis de identidad en el diseño

En nuestra última entrega pusimos sobre la mesa una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Por qué en los medios siempre publican a los mismos despachos? Al analizarlo, quedó claro que muchas veces la sobreexposición no es un reflejo de superioridad proyectual, sino el resultado del trabajo de agencias de relaciones públicas o de una necesidad desesperada por acaparar reflectores a toda costa.

Justamente, de esa búsqueda obsesiva por la fama se desprende un fenómeno que en el gremio conocemos muy bien, aunque pocos se atrevan a nombrarlo: el “chapulineo arquitectónico”.

Este concepto, que solemos usar en México para describir a quien salta por conveniencia de un lado a otro, permea en nuestra profesión en tres niveles muy distintos. Comienza como una estrategia mediática, se revela como una falla ética en las oficinas, y termina por desenmascarar una profunda crisis de identidad en el diseño.

El salto mediático y la doble moral

El primer nivel de este fenómeno es el chapulineo en los medios. Ocurre cuando los despachos saltan frenéticamente de plataforma en plataforma buscando venderse, muchas veces utilizando un lenguaje de complacencia y lambisconería para que se les abran los micrófonos.

Sin embargo, la amabilidad suele ser transaccional. Es común ver a personajes que, una vez que consiguen el espacio, olvidan siquiera dar las gracias, o que al toparlos de frente en un evento actúan con una distancia soberbia e incomprensible.

Curiosamente, esa altivez es muy selectiva. Estas mismas oficinas jamás se atreverían a cuestionar u ofender a los creadores de contenido o a los influencers que dictan la tendencia del momento. Incluso si el discurso va en contra de la buena arquitectura, prefieren guardar silencio y aplaudir con tal de no perder relevancia. Sacrifican su postura crítica por tiempo en pantalla.

El espejo laboral: desechar el talento

Ese comportamiento utilitario hacia afuera es un reflejo exacto de cómo operan en el interior de sus propias oficinas. En una disciplina donde el trabajo en equipo es primordial, es muy fácil detectar la deslealtad cuando el personal de un despacho es rotatorio y cambiante todo el tiempo.

Es muy sencillo mantener cerca a quienes te dan resultados inmediatos, pero muchas de estas firmas ven a su equipo como peldaños desechables. Frente a las cámaras aseguran que su equipo es el motor de su éxito, pero en la práctica cambian de talento tan rápido como cambian de red social.

El verdadero termómetro del éxito en la arquitectura no son los likes ni las portadas. Cuando una oficina logra mantener a su personal clave durante años, incluso atravesando los duros baches económicos de esta profesión, demuestra que sus valores éticos y su calidad humana son genuinos. Una buena obra se sostiene, antes que nada, sobre un equipo respetado.

El chapulineo de diseño vs. La evolución

Si no hay lealtad a los medios ni compromiso con el equipo de trabajo, difícilmente habrá lealtad hacia un lenguaje arquitectónico. Este es el tercer y más crítico nivel: el chapulineo de diseño.

Hoy enfrentamos una crisis de identidad tremenda. Vemos despachos que saltan de método, de proceso, de paleta de materiales y hasta de tipografías en cada proyecto, simplemente por encajar y maquilar lo que el algoritmo dicta como tendencia. Seamos claros: hoy casi cualquiera puede producir un render espectacular, pero muy pocos logran definir un estilo que de verdad los diferencie.

No debemos confundir la experimentación con el chapulineo. Copiar por moda es chapulinear; la experimentación rigurosa, en cambio, conduce a la evolución.

Para entender la diferencia, basta mirar a los gigantes. Teodoro González de León no chapulineó; evolucionó magistralmente. Su etapa brutalista de concreto martelinado en colaboración con Abraham Zabludovsky definió una época y una identidad clara. Pero no se estancó. Transitó hacia una materialidad mucho más limpia y monumental, dominando el concreto blanco pulido, el cristal y el acero. Experimentó y maduró hasta apropiarse de un lenguaje atemporal.

Si observamos a las oficinas que hoy lideran el mercado y la conversación —despachos como Productora, Manuel Cervantes, Héctor Barroso, Tatiana Bilbao o Frida Escobedo—, entenderemos por qué tienen tanta relevancia. Han madurado. Dejaron de saltar. Se adueñaron de una metodología y de una materialidad que los hace inconfundibles en cualquier parte del mundo.

Experimentar y equivocarse es parte natural de nuestro crecimiento como diseñadores. El error radica en convertirnos en veletas que giran hacia donde sopla la moda digital. Las oficinas que trascienden, las que construyen los mejores proyectos y las que ganan el respeto perdurable del gremio, no son las que hacen un poco de todo. Son aquellas que respetan a su entorno, son leales a su equipo y, sobre todo, se mantienen fieles a la construcción de su propia identidad.

Opinión:
Fabián Del Valle

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